(...Cabo la Vela, Guajira, Colombia...)
La playa es una inmensa bahía que del lado izquierdo presenta el pueblo y del derecho unas montañas y una serie de casitas donde detrás se encuentra el faro. Barriendo el horizonte hacia la derecha seguían Los Cerros, y más allá el Pilón de Azúcar. Un cerro color verde azulado que se erige bizarramente delante de una laguna donde se pasean flamengos blancos rosas y rojos.
En la playa del Pilón habita una indígena que no es de la zona pero que hace tiempo vive en la Guajira. La pobre anda loca y hace poco mató a un hijo. Al preguntarle por ello dicen que responde que se lo llevó el río. Desde entonces se refugia en esa playa bajo la virgen que se encuentra encima de ella.

Tras las chozas que uno tiene a sus espaldas, si se mira el infinito horizonte que aparece más allá de la laguna, se descubre desierto. Las sombras de las montañas más altas hacen las veces de telón.
Así es la Guajira de día, extremo calor y lluvias intermitentes en esta época del año.

A medida que va bajando el sol, las nubes en el firmamento se empiezan a condensar y los destellos de los relámpagos comienzan a iluminar el cielo. Primero tenues, temerosos. Entrada la noche, poderosos, sublimes; se ramifican en toda dirección, mudos, sin el menor estruendo. El cielo se va pintando de a poquito estrella a estrella, gota a gota.
Cuando aparece el millón de estrellas, algunas juguetonas
se tiran de cabeza, otras se deslizan y hacen lazos con otras más distantes.
Más allá cambian de colores incansablemente. El agua retrocede con la marea y
el mar se convierte en un espejo de colores. El cielo se ilumina por un
segundo, se vuelve blanco, pero al instante ellas vuelven a aparecer, toditas
ahí en su lugar. La sinfonía de relámpagos es tocada harmoniosa y a veces violentamente por el maestro dios naturaleza que demuestra todo su poder y belleza junta y en un mismo lugar. Mis ojos son, están, en el cielo, agua y resplandores.
Detrás de las chocitas, que ahora son mera sombra..el desierto se hace maqueta. Las montañas cobran una luz violácea que las hace irreales. La musiquita que proviene de lejos, de las onduladas casas del pueblo, se hace colores mientras viaja a mis oídos. Luces saltarinas como conejos me deleitan, las sombras se agitan, los brazos de colibrí quieren remontar vuelo...








